martes, 7 de enero de 2014

Oscuridad

Todo comenzó cuando me mudé a mi nueva casa. Sí, es un poco trillado. Créanme, lo sé, pero es lo que pasó. Nunca había experimentado nada sobrenatural antes y, aunque tenía interés por ello, nunca esperé que realmente me sucediera algo.
Conseguí rentar la casa a un muy bajo precio. No le di importancia porque era una casa vieja, ni tampoco estaba ubicada en el mejor de los vecindarios, así que supuse que era un buen trato. Luego de trasladar mis cosas, todo marchó bien por un tiempo.
No recuerdo cuándo fue exactamente que comenzó porque para ese tiempo no era nada grave. A veces dejaba la luz de la cocina o del baño encendida y al volver la encontraba apagada. Sinceramente, pensaba que tan sólo me había olvidado de que la había apagado antes de irme. Luego de un tiempo comenzó a intrigarme, y empecé a dejar una que otra luz encendida deliberadamente. A veces, nada sucedía. A veces, encontraba las luces apagadas cuando regresaba.
Para ese momento ya pensaba que algo andaba mal. No estaba asustado, sino confundido. Pensaba que quizás le pasaba algo a la corriente eléctrica. Comencé a dejar luces encendidas con mayor frecuencia porque creí que me ayudaría a identificar el motivo por el que se apagaban aleatoriamente. Entonces la situación tomó un curso distinto.
La primera vez que recuerdo que pasó algo extraño fue cuando dejé encendidas la luz de la cocina y de la sala antes de ir a dormir. Esa noche fui despertado por un gruñido profundo y estrepitoso que provenía de la cocina. Recuerdo que desperté creyendo que había algún animal en la casa. Desde mi cuarto se puede ver al final del pasillo la sala que está al lado de la cocina; noté que la luz en la sala se había atenuado, como si alguien hubiese apagado el interruptor de la cocina. Se escuchó otro gruñido, esta vez desde la sala, y casi grito al creer ver algo al final del pasillo antes de que la luz de la sala se apagase; aunque no pude distinguir lo que era. Simplemente se veía como algo parecido a una sombra, en realidad no me importaba, era presa del pánico. Me tiré de la cama hacia el interruptor de la luz, creyendo que alguien estaba en mi cuarto y se estaba preparando para hacerme daño.
Nada. No había nadie en mi cuarto. Dejé escapar un leve suspiro y luego caminé lentamente hacia la sala. Una vez que llegué al final del pasillo, prácticamente me abalancé contra el interruptor para encender la luz. De nuevo, nada. La cocina seguía, y, de nuevo, ¡nada!
Estaba comenzando a creer que lo había soñado todo cuando iba a apagar el interruptor de la luz de la cocina, pero me detuve. Soy un adulto, pero tenía miedo de apagar el interruptor. Y lo voy a admitir, esa noche dormí con todas las luces de la casa encendidas.
Ése fue un error.
Cuando desperté a la mañana siguiente, todas las luces estaban apagadas de nuevo. Quise levantarme de la cama, y di un quejido porque me sentía adolorido. Aparté las sábanas para descubrir largas marcas rojas a lo largo de mis piernas y brazos. Parecía como que si algo me hubiese aruñado mientras dormía. Eso me horrorizó, pero no tanto como cuando vi lo que había pasado.
Cada luz que dejé encendida estaba rota. Cada bombilla que estaba encendida la noche anterior estaba hecha añicos, cada lámpara estaba caída y destrozada. Se me cortó la respiración en tanto miraba alrededor. Algo terrible estaba sucediendo ahí, y alguien intentó… bueno, me hizo algo mientras dormía. Pedí el día libre en el trabajo e inmediatamente fui a reemplazar las bombillas.
No sabía qué hacer luego de eso. Consideré irme de la casa, pero —y sé que probablemente sonará estúpido— ésa era mi casa. Era la primera vez que vivía separado de mi familia y ésa era mi casa. No me podía dar por vencido. Así que… me quedé.
Incluso cuando se puso peor.
Aunque estaba comenzando a tenerle pánico a la oscuridad, no podía dormir con la luz de mi cuarto encendida. Dejaba otras luces encendidas, como la del pasillo o la de la sala, que iluminaban lo suficiente como para que pudiera ver bien en mi cuarto. Y, casi todas los días, despertaba a la mitad de la noche por un gruñido o el sonido de algo merodeando la sala, y luego las luces se apagaban. No quería ir a ver. Me aterrorizaba la idea de compartir el mismo espacio con lo que fuese que estuviera ahí. Así que me acurrucaba en mi cama y rezaba para que nunca se acercara.
Una noche, luego de que esto estuviera pasando por un tiempo, me harté. Compré una pistola y encendí cada luz de la casa. Luego me senté en el medio de la sala con el arma en mi regazo y un bate de béisbol a mi lado. Esperé. No pasó nada por mucho tiempo, pero alrededor de las dos de la madrugada comencé a escucharlo. Curiosamente, estaba detrás de mí. Me giré y eché un vistazo hacia mi habitación, y pude escuchar ese familiar gruñido. Tragué saliva y tomé la pistola con una mano y el bate con la otra, y lentamente empecé a caminar para poder visualizar mejor mi cuarto. Cuando empezaba a ver la cama, escuché un ruido sordo seguido de un rugido inhumano. Yo, siendo el hombre valiente que era, di un salto hacia atrás y me alejé del pasillo. Quería terminar con eso de una vez por todas, ¡pero por Dios que no quería confrontar a esa cosa! Podía escuchar el sonido de mis pertenencias siendo rasgadas y apaleadas, y no sé cómo fue que lo capté, pero pude escuchar un leve clic. Y luego nada. Lentamente, volví a echar un vistazo a mi cuarto desde el pasillo y la luz estaba apagada de nuevo. Tomé aire y seguí caminando, con mis armas listas.
Al llegar a mi cuarto y encender el interruptor de la luz, di un grito ahogado. Mi cama estaba completamente arruinada, partida por la mitad. Fue como si un animal hubiera saltado en ella y simplemente la hubiera hecho pedazos. Me acerqué para ver la condición del resto de mi cuarto y sólo me quedé ahí pasmado por quién sabe cuánto. No fue hasta que escuché el sonido del familiar gruñido que me di la vuelta. Parado a un lado de mi puerta, junto al interruptor de la luz, fue cuando finalmente lo vi.
Era un hombre, un hombre caucásico y mugriento con un cuerpo sumamente lacerado, parecía que había sido el juguete de un oso. Estaba demasiado sorprendido como para alzar mis armas. Me miró fijamente sólo por un momento, y luego… apagó la luz. Grité. Ni siquiera siento pena de admitirlo. Grité y salí corriendo, no me importó que hubiera un… hombre… ahí parado. Pasé corriendo por donde lo había visto, sacudiendo mi bate como un maniático. Casi rompo el marco de la puerta en lo que corría hacia la seguridad de la luz del pasillo. Luego de un momento me di la vuelta, a tiempo para verlo parado de nuevo al lado del interruptor de la luz. Apagó la del pasillo también. Para entonces, ya no quería enfrentarlo; quería estar a salvo. Irrumpí en la sala y no me detuve hasta llegar a la claridad de la cocina.
Escuché el ruido de gruñidos y rasguños desde todas las direcciones y entonces supe que iba a regresar. Me giré, para ver de nuevo el pútrido y magullado cadáver de un hombre bajar el interruptor de la luz con su dedo roto, dejándome entre la terrorífica oscuridad. Me precipité a la sala.
Ésa sería mi última parada. Tenía que enfrentarlo ahí. Me fui acercando a la lámpara de la mesita que era mi última línea de defensa. Esperé a que viniera a apagarla, pero… nunca lo hizo. Miré alrededor y… silencio. Nada más que silencio. Entonces me volteé a ver el brillo esperanzador de la lámpara que se rehusaba a ceder. De un momento a otro me encontraba riendo, una risa frenética pero vivaz, y pensaba que todo había terminado. Me acerqué todavía más y juro que casi abrazo a esa lámpara.
Hasta que lo oí. Primero escuché el gruñido provenir no desde detrás de mí, sino desde enfrente. De la lámpara. Mis ojos se agrandaron y me le quedé viendo mientras la luz se intensificaba. Retrocedí y, no sé lo que pasó, pero creo que tropecé con algo. Lo siguiente que recuerdo es que estaba de espaldas sobre el suelo viendo esa luz brillante e intensa. Ya no era reconfortante; sólo caliente y pesada y brillante… pensé que me iba a calcinar. Y entonces sucedió.
No tengo palabras para describir lo que surgió de la luz de esa lámpara. Era horrible, retorcido y lleno de ira. Pero sé que nunca olvidaré sus ojos: brillantes, calientes, blancos… dos círculos resplandecientes de malicia pura. Me odiaba. Odiaba todo sobre mí; y no sólo a mí, nos odiaba a todos, a cada ser humano. E iba a atacar a lo que tuviera enfrente. A mí. No sé cómo es que supe esto, pero… lo supe. Se abalanzó contra mí y me preparé para una muerte dolorosa.
CLIC.
La luz se apagó. Una vez más, oscuridad. Me quedé en el suelo por varios minutos, permitiéndole a mis ojos acostumbrarse sin despegar la mirada de donde estaba mi lámpara. Conforme pasaban los segundos, empecé a distinguirlo. Ese cuerpo magullado parado junto a la lámpara, con una mano en el interruptor mientras me miraba.
Entonces lo comprendí. Comprendí lo que significaba todo lo que había pasado. El hombre retiró su mano de la lámpara y apuntó su dedo roto hacia ella, moviendo su cabeza de un lado a otro. Sólo pude responder asintiendo.
No era él quien trataba de hacerme daño. Todo ese tiempo, todas esas veces, él estaba tratando de protegerme. La criatura sólo podía aparecer en la luz, y ese hombre había estado tratando de mantenerme a salvo. No quería que nadie más repitiese sus errores.
Me mudé ese mismo día y nunca miré atrás. Lo que sea que fuese, estaba confinado a esa casa, y, hasta el día de hoy, nada ha vuelto a surgir de ninguna fuente de luz. Sin embargo, esa cosa siempre permanecerá grabada en mi mente. Cada noche en mi nuevo apartamento tengo el hábito de recorrer los cuartos, cerciorándome de que cada luz esté apagada, cada cortina cerrada, y me cubro de silenciosa, reconfortante y absoluta oscuridad.


viernes, 3 de enero de 2014

EL CODIGO MORSE

Al menos hasta donde me daba cuenta, nunca había tenido experiencias sobrenaturales, ni paranormales, ni siquiera coincidencias sospechosas, nada; todo seguía su ritmo natural y completamente explicable. Era un fiel católico y servía en mi parroquia local, así que en cierta parte, estaba dentro de mis creencias la probabilidad de que aquí, en este momento, demonios y criaturas del Infierno estuvieran haciendo de las suyas; pero era esa misma doctrina la que me decía que Dios nos protegía de las intenciones de esas bestias.
Dicho esto, dejo claro que lo que les voy a contar es una situación desconocida para mí. Nunca me imaginé que yo estuviera platicando esto, fue un golpe duro a mi escepticismo.
Vivo en Ciudad Juárez. Para los que no frecuentan las noticias, mi ciudad alguna vez fue la más violenta del mundo, incluso por encima de las zonas de guerra del Medio Oriente. En el apogeo de las matanzas y secuestros, mis padres no me dejaban salir mucho, nada de fiestas, ni antros, ni andarme solo en el coche por la noche. Pasaba mucho tiempo en mi casa.
Mi hogar es un complejo de dos pisos, construido sobre 160 metros cuadrados de suelo; no es muy grande, pero es un buen lugar para vivir. Cuando llego de la escuela la casa está sola y la comida está hecha. Me pongo a almorzar en la mesa y cuando me dan las tres de la tarde, subo a mi cuarto a dormir un rato (por un rato me refiero a casi un periodo de hibernación para un oso salvaje).
En mi casa, el techo “hace ruido”. Es muy fuerte como para ser pisadas de algún ave, parece como piedras de regular tamaño que llueven sobre mi techo. Siempre he pensado que son los ductos de ventilación comprimiéndose por el frío o expandiéndose por el calor. Estos sonidos son más regulares durante el día, y más cuando voy a tomar una siesta, pero nunca les había dado importancia.
Hace poco en la iglesia me enseñaron el código morse, nos trajeron un ciego moribundo que no sabía leer braille, pero sabía el código morse, entonces para comunicarnos con él a algunos miembros de la comunidad nos encargaron aprender el código. Este hombre se comunicaba a través de las vibraciones que producían los golpes empleados en dicha codificación, nuestro objetivo era enseñarle la palabra de Dios en este lenguaje. Dicen que es muy difícil de aprender; suponiendo que todos empezarían por dominar el abecedario, yo quise empezar por los números.
Los números constan de dos golpes, existe el golpe largo y el golpe corto. Realmente, a diferencia de lo que nos dijeron, fue muy sencillo aprenderme la numeración en código morse.
Ya que estaba de vacaciones, pasaba todavía más tiempo en casa y tomaba siestas regularmente. Estaba acostado en mi cama, preparado para descansar un rato, cuando el techo comenzó a hacer ruidos. Fueron cerca de treinta golpes seguidos cada cinco minutos, pero cuando les presté atención más detenidamente, me percaté de que era código morse.
Todos eran números, el primero era 1, luego 2, después 0, después 1, 2, 0, 1, 2.
¿12012012? ¿Qué podía significar eso? Me temo que no creía que se tratara de algo sobrenatural, simplemente el techo haciendo ruidos. Me levanté de mi siesta y mi hermana y mi mamá ya habían llegado a la casa. Tengo una buena relación con toda mi familia, somos muy unidos, no le hacemos daño a nadie. Regularmente llevamos despensa a la iglesia para que la distribuyan a las comunidades menos privilegiadas, somos buenas personas.
Como ya dije, estaba de vacaciones, así que me iba a acostar hasta tarde. Todos ya estaban dormidos pero yo estaba jugando Starcraft en mi computadora, hasta que de repente escuché un golpeteo en el techo. Lo escuché atentamente por un rato y se trataba de otra secuencia de treinta golpes, de nuevo eran números en código morse: 1, 8, 0, 4, 2, 0, 1, 2.
¿Sería otra magnífica coincidencia? Mi escepticismo no me permitió pensar más allá.
Cuando me fui a dormir, algo me levantó a la mitad de la noche; se me hizo completamente fuera de lugar porque yo tengo un sueño constante ininterrumpido. Bajé al primer piso a tomar agua y sucedió algo extraño, parecía que algo estaba dentro de mi refrigerador y quería salir. Golpeaba la puerta ligeramente, conté los golpes, eran treinta, y de nuevo en clave morse. Mandaban este mensaje: 1, 3, 1, 1, 2, 0, 1, 2.
13112012… Para este punto seguía pensando, bueno, quería seguir pensando que todo era por azares del destino, efectos acústicos perfectamente explicables, a los cuales no debía de temer. Conservé la calma y me dije a mí mismo la célebre frase de Santa Teresa de Jesús, la cual me sé de memoria desde niño: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”.
Abrí la puerta de mi refrigerador lentamente, tal vez algún animal se escabulló dentro. Sólo con abrir un poco la puerta se filtró un aroma desde el interior del aparato que casi me revienta los vasos sanguíneos nasales; era como carne podrida, quemada, como la de un animal muerto. Revisé todos los recipientes en donde mi mama guardaba comida y todo estaba en perfecto estado. Estaba seguro de que la procedencia del olor no podía ser otra que el refrigerador, pero no encontré nada.
Cerré el refrigerador y me percaté de que la estufa estaba encendida. El fuerte olor a gas penetró mi olfato, no tenía ni la menor idea de cuánto tiempo estuvo encendida, pero cuando bajé al primer piso no percibí el olor a gas. Lo apagué sin hacerme más preguntas.
Un poco confundido regresé a mi cuarto, y por alguna razón, mi computadora estaba prendida, cuando estaba completamente seguro de que la había apagado. Ya no podía engañarme más, algo fuera de lo normal estaba sucediendo dentro de mi casa. Simplemente me encomendé a Dios y recé unas cuantas Ave Marias, lo que me tranquilizó un poco, pero de igual manera sentía miedo, mucho miedo, no podía creer que esas cosas pudieran sucederle a personas como yo, tan devotas a su fe.
Google Chrome estaba abierto, con tres páginas diferentes en las pestañas. Eran notas de periódico virtuales. La fecha de la primera nota era el 12 de enero del 2012… 12012012, entendí por dónde iba todo. La nota hablaba de un hombre que mató a su familia asfixiándola con gas. Cuando llegó la policía, los cuerpos tenían casi tres semanas en descomposición, apestaban y las moscas sobrevolaban las bolsas en los que estaban envueltos. Dicho asesino se suicidó después de cometer el crimen.
Éste es el link de la página:
http://www.zocalo.com.mx/seccion/articulo/hombre-mata-a-su-familia-y-se-suicida-con-gas
La segunda nota estaba fechada el 18 de abril del 2012, de nuevo coincidiendo con la combinación de números que me fue dada “mágicamente”. Esta vez, la nota expresaba cómo un hombre mató a su esposa y a su hija de dos años de edad, les había disparado.
Y éste es su respectivo link:
http://www.excelsior.com.mx/index.php?m=nota&id_nota=827503
La tercera página ya no fue una sorpresa para mí, estaba fechada el 13 de noviembre del 2012. Otro padre de familia que mató a sus dos hijos, de 9 y 6 años de edad, y luego mató a su esposa y se suicidó.
Por último, su link:
http://www.oem.com.mx/elsoldepuebla/notas/n2769728.htm
¿Qué tenía que ver esto conmigo? ¿Por qué me estaba pasando a mí? ¿Por qué? Porque de hecho…
Estaba a punto de apagar la computadora, cuando ésta empezó a realizar una serie de sonidos tipo 8-bit, en código morse. Iban muy rápido, así que busqué en Google algún traductor de código morse para apoyarme. El mensaje se repetía una y otra vez, iba anotando los números en la página y cuando terminé, reproducí el mensaje en código morse; era el mismo que mi computadora hacía, y decía estos números: 1, 6, 0, 9, 2, 0, 1, 3.
16 de septiembre del 2013, eso era lo que quería decir. ¿Será que algo pasará ese día? No soy Nostradamus, ni cualquier otro profeta, pero esto me tenía muy asustado, no entendía cómo ni por qué, por qué tenía que ser yo el que pasara por esto y no otra persona, yo que nunca había creído en sucesos así…
Quedé realmente espantado. Me sentía tan protegido de lo paranormal, invulnerable, podía andar por ahí libremente sabiendo que nunca nada me pasaría; pero ahora soy parte de aquellos que juran haber tenido una experiencia sobrenatural. Tengo miedo, más de estos eventos podrían seguirme sucediendo. Perdí esa confianza que depositaba en la protección divina de Dios, ahora simplemente estoy solo.